La eclesialidad de los sacramentos

Índice

1 La Iglesia hace los sacramentos

2 Los sacramentos hacen la Iglesia

3 Los sacramentos irrepetibles como constituyentes de la Iglesia

4 Referencias bibliográficas

Lo que caracteriza la autocomunicación de Dios a través de los sacramentos es su dimensión eclesial. Dios es soberanamente libre para autocomunicarse por vías solamente conocidas por él, pues “el Espíritu sopla donde quiere”(Jo 3,8). Sin embargo, en la dinámica encarnatoria propia a la revelación, Dios se comunica por señales sensibles. En primer lugar, a través del Verbo hecho carne y, en continuidad con él, a través de la Iglesia, cuerpo de Cristo y de los gestos y ritos que en ella se realizan como vehículo de la gracia.

La relación entre la Iglesia y los sacramentos es mutua: la Iglesia hace los sacramentos y, a su vez, éstos la crean y la constituyen como cuerpo de Cristo con diferentes funciones entre sus miembros.

1 La Iglesia hace a los sacramentos (TABORDA 1987, 150-155)

Toda celebración supone una comunidad que se reúne para celebrar, porque comprende el sentido de la celebración y comulga con su contenido. En el caso de los sacramentos, en cuyo núcleo está la actualización del misterio de Cristo, la celebración supone la comunidad de fe, que es la Iglesia. Solamente en ella, en la comunión con los que nos precedieron en la fe (dimensión diacrónica) y con aquellos que junto con nosotros aceptan la fe (dimensión sincrónica), es posible hacer “memoria de la pasión y de la resurrección del Señor”, porque la Iglesia no es una realidad extrínseca al misterio pascual de Cristo, añadida posteriormente a él, casi de forma accidental. No. La comunidad de los que creen en el Resucitado es una dimensión intrínseca a la resurrección de Jesús. Sin Iglesia, no tiene sentido la resurrección. Y viceversa: sin la resurrección de Jesús no hay Iglesia. Al resucitar a Jesús, el Padre da origen a la Iglesia como Cuerpo del Resucitado, comunidad suscitada por el Espíritu Santo.

La resurrección vino a confirmar, por parte de Dios, que la vida y la muerte de Jesús revelan quien es Dios. La resurrección, por lo tanto, no concierne únicamente a Jesús quien -con ella- supera la muerte. Concierne igualmente a toda la humanidad, a la que Dios manifiesta de esta forma quién es Él: el Dios de los pobres y no el Dios del poder (religioso y político) que condenó a Jesús, considerándolo indigno de vivir. Ahora bien, si la resurrección es la autorrevelación de Dios a la humanidad, si a través de ella Dios muestra quién Él es, de nada serviría que Jesús hubiera resucitado, si nadie tuviera conocimiento de este hecho.

Supongamos que Jesús hubiera resucitado, pero que nadie lo hubiese encontrado ni creído en él. En este caso, Dios no se hubiera manifestado en Jesús, sino en el Sanedrín y en Pilatos, puesto que el Sanedrín que condenó a Jesús a la muerte y lo entregó a los romanos decía que actuaba en nombre de Dios. Al conseguir eliminar a Jesús, que pretendía ser el Hijo de Dios, colocaba en pauta de qué lado estaba Dios: con el victorioso Sanedrín o con Jesús vencido, abandonado por Dios. Como ambos lados invocaban actuar en nombre de Dios, la victoria de uno de ellos demostraría con quién estaba efectivamente Dios. Si nadie hubiera sabido de la resurrección, Jesús habría resucitado en vano, pues la conclusión lógica de la historia de Jesús habría sido: es un fanático idealista más que ha tenido la muerte que merece. Hoy nadie sabría nada de Jesús, a no ser tal vez algún investigador ultraespecializado en el Oriente Medio antiguo.

De esta manera, a la resurrección de Jesús pertenece la existencia de testigos y de aquellos que acepten su testimonio y transmitan este testimonio a las generaciones futuras (RAHNER; THÜSING 1975, 43-44). Si la constitución de la Iglesia es un momento intrínseco a la resurrección de Jesús, entonces solamente en la comunión de la Iglesia es posible hacer memoria de Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Sólo la comunidad de fe, la Iglesia, es capaz de celebrar los sacramentos que son siempre memorial del Señor.

La Iglesia es, por consiguiente, el sujeto actuante de los sacramentos. Pero no como mero aglomerado de personas. Por ella y en ella actúa el mismo Señor Resucitado, del cual la Iglesia es el Cuerpo. Este es el sentido más profundo de la afirmación de la presencia dinámica de Cristo en los sacramentos (cf. SC 7).  Sea cual fuere la comunidad eclesial que celebra, sea cual fuere el ministro que la preside, es el mismo Cristo quien en ellos actúa por el Espíritu Santo. Por eso, el ministro puede ser indigno, no vivir lo que los sacramentos contienen y anuncian y, sin embargo, bajo su presidencia se nos comunica participación en el misterio pascual de Cristo. Es que el ministro no los preside como individuo, dotado de méritos personales, sino como alguien con la función específica de presidir a la comunidad de fe. Él no actúa por su virtud, como tampoco la Iglesia actúa por su propia fuerza, sino por la presencia perenne de Cristo que por el Espíritu Santo la crea y recrea constantemente y así la instituye y con ella da origen a los sacramentos (Sacramentos: 1 Institución de los sacramentos por Cristo).

La presencia de Cristo en la Iglesia es obra del Espíritu Santo. Cristo resucitado es el Cristo vivificado por el Espíritu (cf. 2Cor 3,17) que transmite el Espíritu a sus discípulos. El don del Espíritu pertenece, como momento interno, al misterio pascual de Cristo (TABORDA 2012, 100-104). El Espíritu suscita testigos, abre los ojos a los discípulos. Si hay una comunidad de fe, es el resultado de la acción del Espíritu Santo que despierta esa fe. En ese sentido, la Iglesia, Cuerpo del Resucitado, es vivificada y animada por el Espíritu. Aun más: es sacramento del Espíritu Santo, visibilización del mismo. En ella se manifiesta lo propio de la misión del Espíritu: unir la pluralidad.

El sujeto de los sacramentos, quien los realiza es, pues, la Iglesia, la comunidad entera en su unidad y pluralidad, en que cada uno actúa según la función que el Espíritu Santo les ha dado (cf. SC 28).  Sin embargo, en la Iglesia y a través de ella, es el mismo Cristo el que por su Espíritu nos acerca al Padre.

La Iglesia, comunidad de los que adhirieron visiblemente a Cristo y viven así su fe, hace los sacramentos. Se excluyen de ellos, por tanto, los que no quieren asumir el seguimiento de Jesús. Pero la exclusión de los sacramentos no significa la exclusión de la salvación. Dios puede salvar y salva también a los que no pertenecen visiblemente a la Iglesia. De allí puede nacer la duda sobre la necesidad de los sacramentos. ¿Para qué existen los sacramentos, si la gracia de Dios es más amplia que su visibilización eclesial? Esta cuestión permite percibir la indispensable dimensión eclesial como una característica esencial de los sacramentos.

Para comprender la relación entre la salvación de quienes no conocen a Cristo y la de quienes se adhirieron a él en la Iglesia, hay que distinguir entre el proceso de la salvación y la mediación de la salvación (RAHNER 1966, 55-61). Donde quiera que alguien realice el bien, la justicia, el amor, la fraternidad, en definitiva, los bienes del Reino, Dios está actuando en él con su Espíritu. Toda persona que de esta forma acepte la salvación que Dios le ofrece, a través de su conciencia, de sus semejantes, de su cultura, de su religión, está dentro del proceso de la salvación, se ha apropiado de la salvación ofrecida por Dios, tanto si esta persona conoce a Cristo, como si ni siquiera haya oído hablar de él. De esta forma, todo el bien que cualquier persona practica, crea o no en Dios y en Cristo, es fruto de la gracia, presencia de la salvación. Es salvación como proceso y en proceso.

No por eso la Iglesia o los sacramentos se vuelven superfluos. Ellos son necesarios, tan necesarios como lo es la Iglesia. Para quien considera a la Iglesia con los ojos de la fe, no como una mera organización religiosa de iniciativa humana, sino como Cuerpo del Resucitado, dimensión intrínseca de la misma resurrección de Jesús, negar la necesidad de la Iglesia para la salvación es negar la necesidad de Cristo y de la revelación de Dios. Pues sólo por medio de la comunidad de los que creen en el Resucitado, la vida y la muerte de Cristo revelan el Dios verdadero. La necesidad de la Iglesia, sin embargo, no se sitúa a nivel del proceso de la salvación, sino a nivel de la mediación de la salvación. La mediación de la salvación designa la presencia de la salvación en la dimensión histórica y palpable de la Iglesia, en el conocimiento y el reconocimiento explícito de Cristo como revelación del Padre. La mediación de la salvación es más restricta que el proceso salvífico. El proceso salvífico está, sí, mediado por Cristo, pero no siempre las personas que en él están involucradas toman conocimiento de esta mediación o la reconocen. Y, por lo tanto, establecer esta mediación es el término al que tiende la salvación como proceso, ya que lo que se vive, tiene que ser explicado, para que se viva de forma más intensa y concientemente.

Los sacramentos son necesarios como celebración de la Iglesia que, a su vez, es necesaria, lo mismo que Cristo es necesario para la salvación. La necesidad salvífica de los sacramentos no significa que sin ellos Dios no se autocomunique al ser humano en gracia, sino que los sacramentos son necesarios como celebración explícita de la gratitud del don de Dios en Cristo y que el Espíritu hace presente en todo bien que cualquier persona haga.

De esta forma, la Iglesia es el sacramento-raíz o sacramento fundamental, porque toda gracia sacramental es mediada por la Iglesia. En ella echan raíces los sacramentos, como manifestación de la gracia de Dios actuando por Cristo en el Espíritu Santo en la vida de las personas. En cuanto es sacramento-raíz, la Iglesia constituye y hace los sacramentos. De ella brotan los sacramentos, como las ramas de un arbusto que son sostenidas por su raíz. Pero también es válido lo contrario: La Iglesia está hecha por los sacramentos, lo mismo que la raíz necesita de las ramas para tener sentido y ser fuente de vida.

2 Los sacramentos hacen la Iglesia (TABORDA 1987, 155-161)

La expresión “sacramento-raíz” en referencia a la Iglesia también designa este segundo aspecto de la Iglesia-sacramento. La raíz oculta bajo tierra, sin tronco y sin ramas, pierde su sentido y acaba pudriéndose. Si las ramas viven de la raíz, también es verdad que la raíz vive de las ramas. Sacramento-raíz, la Iglesia necesita de los sacramentos que la vuelvan partícipe del misterio pascual de Cristo.

Los sacramentos, por lo tanto, hacen a la Iglesia. El bautismo y la confirmación incorporan a la Iglesia. La penitencia reconcilia al pecador con la Iglesia. La unción de los enfermos une al cristiano enfermo a la Iglesia a través de la intersección de la comunidad. El matrimonio constituye a la pareja en “eclesiola” doméstica, creando una familia en el seno de la comunidad. El orden designa una persona para el servicio de la unidad de la comunidad eclesial. La eucaristía vuelve visible lo que es ser Iglesia: comunión fraterna en torno a Cristo presente y a partir de él. Por los sacramentos, la Iglesia es constantemente edificada por Cristo que actúa en ellos en la fuerza del Espíritu Santo. Los sacramentos construyen la Iglesia precisamente por ser acciones de Cristo, acciones cuya meta es siempre la relación con el Padre en el Espíritu Santo por medio de Cristo. La relación con la Iglesia es de mediación; el acto terminal es la relación con Cristo y, por eso, los sacramentos hacen a la Iglesia, no son sólo hechos por ella.

De esta forma, los sacramentos crean y recrean la comunidad eclesial. En ellos, en especial en la eucaristía, el sacramento central, la Iglesia encuentra su identidad: comunidad creada por la presencia del Señor Resucitado que, en la diferenciación de sus funciones y carismas, ofrece al Padre, unida a Cristo en el Espíritu Santo, el memorial del único sacrificio de Cristo y une a él su vida en el seguimiento de Jesús que es el culto “en el espíritu y la verdad” (Jo 4,24; cf. TABORDA 2013, 306-311). Pero también en cada uno de los otros sacramentos aparece la identidad de la Iglesia: ella vive y crece por la conversión (bautismo-crisma); santa y pecadora, siempre necesita aceptar la reconciliación ofrecida por el Padre (penitencia); a ejemplo de Jesús, se vuelve a los enfermos y a los débiles llevándoles solidaridad y consuelo (unción de los enfermos); manifiesta el amor de Dios a los humanos en el amor conyugal (matrimonio); se constituye en la diferencia de funciones dadas por Dios como gracia (orden).

Santa y pecadora, la Iglesia se ve confrontada en los sacramentos con su origen y su sentido, haciendo memoria del Señor Resucitado. En esta confrontación su forma de actuar es cuestionada por el Cristo presente y actuante, que exige que corresponda en su vida a lo que celebra en sus gestos. Allí, ella encuentra legitimación para su existencia: el ejemplo y la fuerza de Cristo actuante en el sacramento renuevan el ánimo para el seguimiento histórico de Jesús y justifican la osadía de construir unas relaciones fraternas en un mundo de odio y de construir el Reino en el aquí y ahora del mundo pecador.

En definitiva, los sacramentos organizan la Iglesia en el plano espiritual como en el plano de la organicidad: la humilde actitud de constante conversión unida a la inmensa dignidad de miembros del Cuerpo de Cristo (bautismo-crisma); el reconocimiento del pecado y la aceptación del perdón de Dios y de los hermanos y hermanas (reconciliación o penitencia); la acogida y el amor preferencial al hermano enfermo, bien como la visibilización del vínculo entre el enfermo y la comunidad eclesial (unción de los enfermos); el reconocimiento de que en el amor más profundamente humano, el amor conyugal, está presente el sentido de todo amor: presencia del amor de Dios a la humanidad (matrimonio); la visión del ministerio eclesial como servicio a los demás en favor de la unidad de la Iglesia (orden); y principalmente el reconocimiento de que es en el compartir, en el dar la vida por los demás, que se fundamenta toda organización y autoridad (eucaristía). Todo eso reestructura la Iglesia en el Espíritu de Jesús.

Entre de los sacramentos hay tres que marcan la organicidad de la comunión eclesial y la constituyen como Cuerpo de Cristo uno y diferenciado.

3 Los sacramentos irrepetibles como constituyentes de la Iglesia  (TABORDA 1987, 162-166; TABORDA 2013, 289-291. 306-314)

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Los tres sacramentos que estructuran la comunidad eclesial son, por su constitución, irrepetibles. Acostumbran ser llamados sacramentos caracterizantes, por imprimir carácter. La doctrina del carácter es un teologúmenon para explicar por qué no se repiten estos tres sacramentos.

El origen de la doctrina del carácter está en Agustín, en su lucha contra el rebautismo de quienes, habiendo sido bautizados en una secta herética, volvían al seno de la Iglesia católica. En la discusión de Agustín con los rebautizantes, ambos partían de un presupuesto común: nadie da lo que no tiene. Los herejes no pueden dar el Espíritu Santo, porque no lo tienen. Surge entonces una cuestión: si el bautismo de los herejes no da la vida del Espíritu, ¿por qué la tradición de la Iglesia no permite rebautizar? Para explicarlo, Agustín recurre a la metáfora del carácter, tatuaje o marca a hierro y fuego recibida por los soldados del ejército romano. El “carácter” (marca) era una exigencia permanente de que el desertor tenía que volver al ejército. Así también el bautismo nos marca con la exigencia permanente de seguir a Cristo y pertenecer a su Iglesia. Aunque el bautismo de los herejes no da el Espíritu Santo, él da el “carácter”, la exigencia de la pertenencia a Cristo en la Iglesia. El sentido de hablar de “carácter” es explicar por qué determinados sacramentos son irrepetibles.

La Escolástica asumió la doctrina agustiniana y la trabajó en el contexto de su sistematización. Los sacramentos irrepetibles, dentro de la explicación agustiniana, por un lado producen cierto efecto (carácter), pero no su efecto pleno. El carácter, a su vez, por la propia metáfora que subyace tras esa palabra, posee la propiedad de ser una señal. La metáfora, dentro del pensamiento cosista de la Escolástica, sólo puede entenderse en el sentido de que tales sacramentos imprimen una señal en el alma. La propiedad de esta construcción no es cuestionada. No ocurre preguntar, por ejemplo, cómo algo espiritual pude ser aun llamado de señal. En suma, la misma mentalidad cosista lleva a invertir el sentido de la metáfora del carácter: de explicación de la irrepetibilidad de los tres sacramentos, pasa a fundamentar por qué algunos sacramentos no pueden ser repetidos. La relación gnoseológica entre irrepetibilidad y carácter se pierde de vista y queda la relación ontológica que, con base en el carácter, afirma la irrepetibilidad.

Al definir la cuestión contra los Reformadores, el Concilio de Trento describe el carácter como “señal espiritual e indeleble” (DH 1609).  Afirmar el carácter como una “señal espiritual” parece una contradicción: si es señal debe ser visible y no puede ser espiritual, aun más cuando está “impreso en el alma” que tampoco se ve. Si se comprende el carácter de manera ontológico-substancialista, no hay, entonces, cómo entenderlo de una manera diferente. Pero es posible interpretar la expresión en una perspectiva histórico-relacional.

Hay acontecimientos que “marcan” al sujeto, sin que con eso se afirme una marca visible, sino en el fondo, es una “señal espiritual”. En la vida de cada uno hay acontecimientos decisivos, hechos marcantes. Hechos que conforman indeleblemente la personalidad de quien los vivió. El sujeto lo carga toda su vida, determinando sus actitudes y decisiones. Hechos que lo dejan “marcado” frente a la sociedad. Pueden inclusive originar un sobrenombre o apodo que lo acompaña por toda su vida.

Eses hechos constituyen el nuevo término de comparación para comprender lo irrepetible de algunos sacramentos y el carácter sacramental. Hay sacramentos irrepetibles, porque dan al sujeto una función, una posición determinada en la constitución de la Iglesia. “Marcan” al sujeto en su función en la comunidad. La “marca” es visible, porque se da a nivel existencial e intersubjetivo. A nivel existencial, porque el sujeto aceptó asumir la condición de miembro[1] o la función de ministro de la comunidad eclesial. A nivel intersubjetivo o relacional, porque lo hizo delante de Dios y de la comunidad, de la Iglesia presente en la asamblea celebrante. Una realidad existencial y relacional no es irreal o menos real, como podría parecer a la mentalidad objetivista y cosista. Es tan real como el propio sujeto que en un dado momento fue determinantemente constituido por ese hecho. La persona que recibió los sacramentos irrepetibles está en una relación con los otros miembros de la Iglesia que es específica del sacramento recibido. Esta relación “marca” la persona y “la marca” en el sentido de que la comunidad eclesial exige y espera de ella una determinada acción y actitud. Es una “señal espiritual”.

El hecho histórico, visible, social de recibir los sacramentos caracterizantes es, en cuanto hecho histórico, irreversible. El sujeto puede arrepentirse de haberlos recibido, puede volver atrás en sus actitudes, apostatar, pero él será siempre alguien que recibió el sacramento en cuestión y, como tal, aquel hecho lo “marcó” indeleblemente, de manera indestructible (“señal espiritual e indeleble”).

Pero esto sucede con cualquier hecho histórico. Cargamos siempre todo lo que nos ha sucedido, aunque esté en las profundidades del subconsciente y del inconciente. La diferencia está en que el hecho histórico de recibir un sacramento irrepetible es un compromiso asumido. Todo compromiso tiene dimensión social, está relacionado a los demás, depende también de los demás. Aunque alguien se desdiga de tal compromiso asumido con Dios y con la Iglesia en un sacramento caracterizante, este compromiso continúa significando relación con Dios y con la Iglesia y ésta, en su carácter de realidad escatológica, continuará, en nombre de Dios, exigiendo el ejercicio de aquella función. Los sacramentos caracterizantes son constitutivos de la Iglesia como comunidad (bautismo y confirmación) y como comunidad diferenciada internamente por funciones (orden). Ahora bien, como comunidad escatológica, cuerpo del Resucitado, ella permanecerá para siempre hasta el fin de los tiempos. Por eso, no puede renunciar al compromiso de aquellos que recibieron un sacramento que es constitutivo para ella.

El carácter sacramental es una relación visible y permanente con la Iglesia. O sea, ella es en lo más íntimo de su ser, sacramento de la gracia. Por eso el carácter no exige sólo una función exterior, sino la asimilación personal de esta función frente a Dios. De hecho, una Iglesia cuyos miembros no viviesen en el seguimiento de Cristo, acabarían erosionándose. Por eso, a la promesa divina de la indefectibilidad pertenece la garantía de que siempre habrá bautizados y confirmados que vivan efectivamente en el seguimiento de Cristo. Esto significa que la exigencia propia al carácter sacramental no es sólo externa, sino que afecta a la persona internamente

Algo semejante ocurre con el sacramento (respectivamente, con el carácter) del orden: Una jerarquía que, en bloque, no viviese en la fe, no siguiera a Cristo en su vida, acabaría por destruir a la Iglesia, pues acabaría por no ver más sentido en presidir una comunidad reunida por una Palabra en la que no cree y visibilizada por unos sacramentos que considera vacíos de sentido. En consecuencia, dejaría de hacerlo. Ahora bien, la Iglesia está constituida por la Palabra y por los sacramentos en vista del seguimiento de Cristo. De este modo, también el carácter sacramental es esencialmente salvífico, se refiere a la salvación o perdición de la persona en la comunidad y a través de la comunidad. El espíritu Santo, que por el sacramento constituye el sujeto como miembro o ministro de la Iglesia, es el Espíritu santificador, el fuego devorador que no quiere apenas tostar la persona afectada, sino inflamarla totalmente. El carácter sacramental exige que se viva el acontecimiento que nos “marcó”.

Así pues, aunque alguien reciba un sacramento caracterizante en contradicción con su vida, es miembro/ministro de la Iglesia y así, por la fuerza del sacramento, es provocado a que haga que su vida corresponda a su función. Esta función él la posee, aunque la vida no corresponda a ella: el miembro pecador de la Iglesia no necesita, al reconciliarse, ser bautizado o confirmado de nuevo; el ministro pecador no necesita, al arrepentirse, ser reordenado. Pero el pecado en el miembro o en el ministro de la Iglesia está en contradicción con el carácter que recibió y que lleva por toda su vida. El carácter tiene una tendencia inherente a que se realice salvíficamente, para la salvación de quien recibió el respectivo sacramento. Con el teologúmenon carácter se expresa la existencia de un pacto irrevocable que se fundamenta en la fidelidad del Dios vivo, en la acción de Dios por el sacramento, pero que supone y exige la respuesta del ser humano. No por coacción, sino por vocación y provocación, esta persona es invitada a comprometerse con la propia obra de Cristo presente en el Espíritu Santo en la Iglesia.

Francisco Taborda SJ, FAJE, Brasil. Texto original portugués.

4 Referencias bibliográficas

RAHNER, K. Heilsvermittlung und Heilsprozess. In: ARNOLD, F. X. et al. (ed.), Handbuch der Pastoraltheologie. Vol. II/1. Freiburg/Br.: Herder, 1966, 55-61.

RAHNER, K.; THÜSING, W. Cristología: estudio sistemático y exegético. Madrid: Cristiandad, 1975 (Biblioteca Teológica Cristiandad, 3).

TABORDA, F. Sacramentos, práxis y fiesta: para una teología latinoamericana de los sacramentos. Madrid: Paulinas, 1987.

TABORDA, F. En las fuentes de la vida cristiana: Una teología del bautismo-confirmación. Santander: Sal Terrae, 2013 (Presencia teológica, 207).

[1] Personalmente o a través de los padres y padrinos, en el caso del bautismo de los niños.