Bautismo – Confirmación

Índice

1 La unidad de la iniciación cristiana

2 De la lex orandi a la lex credendi

2.1 La iniciación cristiana en el siglo. III

2.2 La caracterización del bautismo-confirmación

2.2.1 Bautismo-confirmación, sacramento de la fe

2.2.2 Bautismo-confirmación, sacramento de la conversión

2.2.3 Bautismo-confirmación, sacramento de iniciación

2.3 La distinción entre el bautismo y la confirmación

3 La dimensión eclesial del bautismo-confirmación

3.1 La Iglesia hace el bautismo-confirmación

3.2 El bautismo-confirmación hace a la Iglesia

4 Referencias bibliográficas

 1 La unidad de la iniciación cristiana (TABORDA, 2013, p. 23-28)

 Bautismo y  confirmación son dos sacramentos, como puede verse en la lista de los siete sacramentos definida por el Concilio de Trento (cf. DH 1901). Pero son dos sacramentos estrechamente unidos. Junto con la Eucaristía bautismal son los sacramentos de la iniciación cristiana. Como la Eucaristía no es sólo un sacramento de iniciación, aquí se tratará solamente del bautismo y la confirmación en su unidad. Así fue, en sus orígenes, la práctica de la tradición eclesial conservada aún hoy día en el Oriente, incluso para los niños de pecho. La práctica actual de la Iglesia latina está atestiguada desde el siglo V (cf. DH 215). Como resultado de esta práctica,  se perdió en la Iglesia latina la visión de la unidad de los sacramentos de la iniciación cristiana y se intentó (sin éxito) desarrollar una teología de la confirmación independiente del bautismo. Sólo considerando la unidad de los dos sacramentos es posible hacer una teología de la confirmación que no “robe” algo del bautismo, y viceversa, una teología del bautismo que no “pierda” algo para que la confirmación pueda existir.

2 De la lex orandi a la lex credendi (TABORDA, 2015, p. 23-47)

Gracias a la vuelta a las fuentes, la teología redescubrió en la Patrística una forma de reflexionar sobre los sacramentos, diferente de la forma habitual de teología sacramental sistematizada por la Escolástica. La Patrística parte de la celebración vivida en comunidad. La práctica litúrgica de la Iglesia, tal como fue  “en todas partes, siempre y por todos” celebrada (Vicente de Lerins, † 450),  contiene una teología implícita a ser desarrollada. De acuerdo con el viejo axioma, verificando cómo la Iglesia ora (lex orandi), llegamos a la conclusión sobre lo que debemos creer (lex credendi).

2.1 La iniciación Cristiana en el siglo III (BRADSHAW; JOHNSON; PHILLIPS, 2002; JOHNSON, 1999, p.82-135; TRADIÇÃO APOSTÓLICA, 1971, p.40-55)

La llamada “Tradición Apostólica,” otrora atribuida a Hipólito de Roma (BRADSHAW, 1996), es un antiquísimo testimonio detallado de cómo se desarrollaba la iniciación cristiana en los siglos III-IV. El texto que presenta la tradición del santo bautismo se puede dividir en cinco escenas: 1) la presentación y el examen del candidato para el bautismo; 2) el catecumenado y la elección de aquellos que serán bautizados; 3) la preparación inmediata para el bautismo; 4) la celebración del bautismo; 5) la vida cristiana posterior. Aunque se habla de la tradición del santo bautismo, se trata de lo que podría llamarse “el gran bautismo”, que incluye todos los ritos de la iniciación cristiana, incluyendo la confirmación y la eucaristía, pues la iniciación cristiana constituye una unidad que consta de una serie de acciones y ritos, por los cuales la persona se convierte en un cristiano. El proceso toma como punto de partida la vida anterior (paganismo) y como punto de llegada, la práctica de la vida cristiana. Es, por lo tanto, un proceso de conversión y de iniciación que culmina en el baño bautismal, durante el cual el elegido profesa la fe trinitaria. Por lo tanto, en su estructura litúrgica más tradicional, el bautismo-confirmación se revela como  sacramento de la fe, la conversión y la iniciación cristiana.

2.2 La caracterización del bautismo-confirmación (TABORDA, 2013, p.39-47)

2.2.1 Bautismo- confirmación, sacramento de la fe (TABORDA, 2013, p.58-89)

Sobre la base de la profesión de fe trinitaria que acompaña el baño bautismal, el (gran) bautismo es  sacramento de la fe. La fe no es innata al ser humano. Ella viene por la predicación del Evangelio (cf. Rm 10,17), la buena noticia de que Dios se ha revelado en el Cristo crucificado (cf. 1 Cor 1,23). Sin embargo, él es un escándalo para los “piadosos” y locura para los “sabios”, ya que significa que la salvación de Dios viene por medio de un rechazado. Ambos grupos dicen saber cómo es Dios y cómo se debe revelar. Los piadosos sólo admiten que él se muestre en lo maravilloso y extraordinario; los sabios, en lo razonable. Piadosos y sabios personifican la falta de fe. Coinciden en pretender  saber exactamente quién es Dios y querer dar reglas para su obrar.

Revelándose en el “crucificado por la injusticia” (cf. Puebla), Dios manifestó su cercanía, ya que el último a los ojos humanos es  fuente de  salvación. Pero, al mismo tiempo, él revela el pecado y el perdón de Dios. “Ninguno de los poderosos de este mundo la conoció [la sabiduría de Dios, Cristo crucificado]. Porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria “(1 Cor 2,8). Fuera de la fe es imposible reconocer el pecado y acoger el perdón. El pecado no es una buena noticia, pero el Evangelio muestra claramente el pecado como contrapunto de la fe. Como sacramento de la fe, el bautismo-confirmación sella la aceptación de la fe e incluye, por lo tanto, la remisión de los pecados como el otro lado de la “obediencia de la fe” (cf. Rm 1,5).

El reconocimiento del pecado permite captar la incapacidad humana para salvarse por sus propias fuerzas (auto-salvación). Ni la mera contemplación de la verdad (sabios) o la observancia abstracta de la Ley (piadosos) son capaces de salvar,  pero la acción del Espíritu que impulsa al ser humano a “hacer la verdad” (cf. Jn 3,21), acercándose de quien está al margen del camino  (cf. Lc 10.29- 37) y haciendo el bien concreto, que ahora se presenta para ser hecho,  incluso aunque la ley pudiera lanzar dudas sobre su  licitud (cf. curaciones en sábado).

La fe en el Evangelio es un don y presencia del Espíritu, porque la creatura animada por el Espíritu no vive de sí mismo, sino de Dios. Esta nueva vida es el resultado de un nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu (cf. Jn 3,5). Como para el baño bautismal el catecúmeno tiene que desnudarse y luego vestir  ropas nuevas, así también, por  la fe y por el bautismo, el neófito se reviste del “hombre nuevo, creado a imagen de Dios, en la verdadera justicia y santidad” (Ef 4,24). La nueva creación que surge de la fuente bautismal, por un lado, sólo se realizará plenamente en la consumación del mundo y, por tanto, es objeto de la esperanza; Por otra parte, ya está presente en la novedad traída por Cristo. El “viejo hombre” que muere en el bautismo es el ser humano afectado por el pecado, hasta  la raíz de su existencia histórica (cf. pecado original, pecado social).

Si el Evangelio es el Cristo crucificado, éste se concreta, por su obediencia hasta la muerte, en el reino de Dios. Es el “reino en persona” (autobasileia, Orígenes † 254). El Reino de Dios es un nuevo orden de cosas, fundamentado en Dios, donde predominan la justicia, fraternidad, amor,  igualdad,  solidaridad. Cuando Dios reina, la fraternidad no está en las palabras, sino que va a la práctica y se convierte en  historia. El bautismo-confirmación expresa y realiza la adhesión al Reino, de acuerdo con el Espíritu de Jesús,  aprendiendo la obediencia en su entrega al Padre (cf Hb 5,8).

2.2.2 Bautismo-confirmación, sacramento de la conversión (TABORDA, 2013, p.90-131)

La “Tradición Apostólica” describe el proceso bautismal como cambio de costumbres y hábitos, paso de los ídolos al Dios verdadero (cf. 1 Ts 1,9). La idolatría no necesariamente tiene perspectiva religiosa, pues consiste en poner como absoluto de nuestra existencia aquello que es relativo. Todo puede convertirse en ídolo. Hoy día es sobre todo  la riqueza, el poder, el placer y el saber, cosas buenas en sí mismas, que se convierten en un ídolo cuando se  hace de ellas el valor supremo de la vida. Por eso, el cuidado que se observa en la “Tradición Apostólica” para que el candidato abandone toda  actividad que, de alguna manera, huela a idolatría.

Pertenece a la naturaleza del ídolo exigir  sacrificios humanos (cf. Dt 12,31; 2Rs 16,3; Os 13,2; Mq 6,7; Jr 7,31 y 19,5; Ez 20,31 y 23,39) porque son fuerzas de muerte. Para conseguirlos, se atropellan los derechos de los demás, o los propios idólatras se sacrifican, desgastándose para obtener intimidad con el ídolo. El Dios vivo, Padre de Jesucristo, por el contrario, quiere la vida del ser humano, y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). De este modo, en Cristo se acerca a los excluidos y los pecadores. Lanza el desafío a la gente para que cambie de vida, aproximándose a quién está al margen y  es despreciado (Lc 10.29-37). Sólo desde abajo se puede construir la igualdad exigida por el Reino de Dios. Jesús va por delante (Hb 12,2), allanando el camino para que Dios sea reconocido en los pequeños y  humillados, pues él  mismo cargó la humillación de la muerte en la cruz fuera de los muros de la Ciudad Santa (cf. Hb 13,12- 13).

La conversión de los ídolos al Dios verdadero es un paso de la muerte a la vida. Es Pascua, como la existencia de Jesús (Jn 16,28). El misterio pascual de Cristo sólo puede entenderse correctamente cuando es visto como una consecuencia de su vida. Jesús murió condenado a muerte porque vivió de la forma que vivió. Resucitó porque vivió y murió de esa manera. Ora, la vida y obra de Jesús se resumen en la fidelidad a su misión de hacer presente  el Reino de Dios, que exige que se absolutice solo a Dios y a nada más, ni a nadie más (Mt 13,44 – 46). Donde Dios es el único absoluto, se  practica la primacía de la justicia, de la verdad, de la solidaridad, de la fraternidad y de todos los demás valores del Reino.

El mensaje del Reino que Jesús tematiza en sus acciones y en sus palabras es, pues,  un mensaje de vida en contra de los ídolos de la muerte. Nada más natural que los ídolos se vuelvan contra Jesús y traten de eliminarlo. Por su actuación, Jesús entra en la lucha entre los ídolos y Dios y muere víctima de estos ídolos. La Ley de los judíos absolutizada y el poder de los romanos deificado son los dos ídolos que determinan la condena de Jesús. Por eso, la conversión de los ídolos al Dios verdadero es participación en la lucha de vida y muerte de Jesús en contra de los ídolos.

El misterio pascual es el paso de Cristo de la muerte a la vida. El aspecto de la “vida” en el Misterio Pascual es una unidad estructurada y diferenciada en tres momentos: resurrección-ascensión-Pentecostés. Estos tres pasos se pueden presentar en un esquema temporal, como lo hace Lucas en su doble obra (Evangelio y Hechos) y el final canónico de Marcos (cf. Mc 16.9-20). Pero también se pueden ver en su unidad, tal como explica Juan bajo el concepto de “glorificación” que entrelaza la muerte, resurrección, ida al Padre y envío del Espíritu en una unidad indisoluble. Mateo, aunque no distinga los tres momentos, los supone en la única aparición de Jesús a los discípulos en una montaña en Galilea (cf. Mt 28,16-20).

La unidad diferenciada del misterio pascual de Cristo nos permite que reconozcamos lo mismo para el bautismo y la confirmación. El paso a través del agua – ahogamiento y fuente de vida – simboliza la participación en el misterio pascual como un paso de la muerte a la vida (resurrección); los gestos simbólicos de la confirmación expresan la comunión en el misterio pascual de Cristo como un nuevo Pentecostés (cf. a continuación  apartado 2.3).

Por la conversión a Cristo, el ser humano también hace  su Pascua o “pasaje”, en Cristo y con Cristo al Padre. Aceptar en la fe el misterio pascual y aceptar participar  de él sólo es posible si se nos da la misma libertad de Cristo, su Espíritu que transformó los apóstoles de temerosos en audaces y valientes. No por casualidad, Pentecostés es una dimensión del misterio pascual de Cristo, su cierre y  resultado. Participar del misterio pascual de Cristo es participar en su libertad. Ora, la libertad está allí, donde está el Espíritu del Señor (cf. 2 Cor 3,17).

La conversión, de los ídolos al Dios verdadero, no es simplemente un acto nuestro: es don de Dios, gracia. Dios tiene la iniciativa en la llamada a la conversión. La acción de Dios despierta la libertad humana y despertándola la “carga”, acompaña, libera y salva de los ídolos, fuerzas de muerte. La idolatría hace la libertad humana, esclava del  pecado (cf. Jn 8,34). Mediante la conversión a la fe cristiana y por el (gran) bautismo, “fuimos llamados a la libertad” (Gal 5,13).

La libertad tiene dos polos: es libertad de y libertad para. Negativamente, es la libertad de: la libertad del pecado, de la ley, de la muerte, de las fuerzas de muerte propias de la idolatría. Positivamente, se concreta como la libertad para Dios (cf. Rm 6,18-22; Gal 5,13; 1Pd 2,16; 1Cor 7,21s),  libertad para los demás (cf.  Gal 5,13s.22s; 1Cor 6,12), libertad en Cristo y por medio de él (cf. Gal 2,4; 5,1; Jn 8,36). La libertad según el Espíritu de Cristo es  servicio mutuo (cf. Gal 5,13), da espacio a la libertad de los demás, se limita por amor al otro (cf. 1Cor 8,13; Rm 14,20-21).

2.2.3 Bautismo-confirmación, sacramento de iniciación cristiana (TABORDA, 2013, p.132-163)

El proceso bautismal descrito en la “Tradición Apostólica” también muestra que es preciso aprender a ser cristiano porque, como decía Tertuliano, “no nacemos cristianos; nos hacemos cristianos “(Apologeticus, c.18). Este proceso consiste en que, por el Espíritu Santo, el candidato sea introducido en el misterio de Dios (mistagogía), ya que sólo en el Espíritu tenemos acceso al Padre para clamar “Abba” (Rm 8.14- 17; Gal 4, 4-7). Sin él, no se puede conocer al Padre (cf. 1 Cor 2,10-12) o confesar al Hijo (cf. 1 Cor 12,3). Por eso, tradicionalmente, el (gran) bautismo fue llamado  “iluminación”: sólo se puede tener acceso al misterio de Dios por la luz de lo alto.

Al igual que en el conocimiento entre las personas, también  el conocimiento de Dios sólo es posible en la revelación mutua que se auto-supera en el amor: es un tipo de conocimiento no  meramente intelectual; él se  da en la praxis del seguimiento de Jesús. El que se convierte a Cristo no sólo necesita ser instruido en la doctrina, sino ponerse en contacto con una persona viva a quien se entrega en el amor.

El seguimiento  es la concreción de la fe en Jesús. Él va adelante (cf. Hb 12,2), pero junto con él, siguiéndole, viene toda la “nube de testigos” (cf. Hb 12,1), a los cuales está prometido llegar a la “plena realización “(Hb 11,40). El camino del seguimiento de Jesús es comunitario, eclesial. Seguir a Jesús significa parecerse a él (proximidad) por una práctica similar a la suya (movimiento subordinado), que tiene un desenlace como el suyo, en la cruz. Porque sólo desde la cruz se puede conocer a Jesús y por lo tanto al Padre, porque entonces realmente se rompen todos los esquemas humanos acerca de quién es Dios y lo que significa ser Hijo de Dios. La cruz es  crisis y revolución en la idea de Dios. Dios,  que generalmente se considera como  poder,  fuerza y gloria, se muestra en la impotencia, la vergüenza y la ignominia, en el absurdo (kénosis).

El Espíritu Santo nos lleva a fijar la mirada en Jesús, para que en él veamos al Padre (cf. Jn 14,9) y caminemos con él hacia el Padre, porque toda su vida fue pasaje hacia el Padre (Pascua). Seguir a Jesús nos revela el rostro del Padre como nuestro Padre, porque, bajo la acción del Espíritu, somos hechos  “hijos en el Hijo” por la fe y el bautismo.

En esta condición, podemos dirigirnos al Padre en la apertura y la libertad (parrhesía) de hijas e hijos. Por eso, al rito de iniciación cristiana pertenece  “la entrega del Padre Nuestro”, que es el aprendizaje de la oración cristiana con sus características propias, diferentes de las de otras religiones. La oración específicamente cristiana siempre se dirige al Padre, a través de la mediación del Hijo en el Espíritu Santo, porque no es la oración de un extraño, sino de alguien que está inserido en el misterio de Dios y en el cual  habita Dios por su Espíritu (cf. 1 Cor 6 19). De hecho, por el Espíritu Santo nos encontramos inmersos en el misterio de Dios que vino a nosotros en Jesucristo. Al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, la oración del cristiano es la gracia de participar en la dinámica  misma de la vida trinitaria.

Se destacan  dos elementos esenciales de la oración cristiana: la conciencia de no saber orar como conviene y, por lo tanto, dejar que el Espíritu ore por nosotros “con gemidos indecibles” (cf. Rm 8,14-27); y no huir de la realidad para orar, sino dirigirnos al Padre a partir de  nuestra inserción en la historia humana, escuchando y haciendo eco de los gemidos de la creación (cf. Rm 8.22-23).

2.3 La distinción entre el bautismo y la confirmación (TABORDA, 2013, p.177-184; 234-266)

Hasta el momento fue explicada la gracia común al bautismo y a la confirmación, que se puede resumir como la participación en el misterio pascual de Cristo y, por lo tanto, en la vida trinitaria. Ora, el misterio pascual con sus tres momentos (resurrección, ascensión y Pentecostés) es una unidad diferenciada. Análogamente, los sacramentos de la iniciación, en su unidad, se diferencian en  bautismo y  confirmación (y Eucaristía). Bautismo y  confirmación, mediante los gestos simbólicos con que se realizan, se refieren a dos momentos del misterio pascual de Cristo: la muerte-resurrección (paso de la muerte a la vida) y Pentecostés (la efusión del Espíritu para el testimonio). El paso de la muerte a la vida está simbolizado en el baño bautismal porque el ahogamiento lleva a la muerte, pero de esta inmersión en la muerte se sale con una vida nueva. Pentecostés se entiende por el  gesto simple y complejo de la imposición de las manos y la unción con óleo perfumado. La imposición de manos es un gesto de bendición; en este caso, la bendición por excelencia que es el Espíritu (cf. Lc 11,13). Ser marcado con un sello es señal de pertenencia a alguien, y bíblicamente es también un signo de salvación para el juicio escatológico de Dios (cf. Ez 9,4-6, Ap. 7.3 y 9.4). En la confirmación, significa que ahora ya pertenecemos a Dios (cf. 2 Co 1,22), aunque esa  pertenencia todavía no se manifieste en plenitud (cf. 1 Jn 3,2). La unción indica que por el bautismo- crisma somos sacerdotes, profetas y reyes. Como, sin embargo, se trata de  un óleo perfumado, el sacramento nos constituye, por nuestra propia vida, en testigos del Resucitado, pues el perfume permite percibir la presencia de alguien, incluso sin ver a la persona.

Los gestos simbólicos distinguen los dos sacramentos (bautismo y confirmación), pero es en su unidad como ellos deben ser entendidos como participación en el misterio pascual. La eucaristía, tercer sacramento de la iniciación, tiene una característica específica: es el sacramento cotidiano de nuestra entrega  con Cristo al Padre por la acción del Espíritu Santo. Nos da parte en el misterio pascual en cuanto sacrificio.

3 La dimensión eclesial del bautismo-confirmación

La característica del Sacramento es su dimensión eclesial (→ Eclesialidad de los sacramentos). Existe una relación recíproca entre  Iglesia y  Sacramento,  expresada en el axioma “la Iglesia hace  los sacramentos; los sacramentos hacen la Iglesia”.

3.1 La Iglesia hace el bautismo-confirmación (TABORDA, 2013, p.271-291)

La misión de la Iglesia se expresa en Mt 28,19-20, en términos de hacer todos los pueblos discípulos de Jesús, bautizándolos. Bautizar es intrínseco al ser de la Iglesia. A ella cabe, no sólo iniciar en la fe por el (gran) bautismo, sino  también proporcionar a los bautizados un crecimiento constante en la fe recibida en el bautismo, ya que si bien la fe es un acto personal, libre e intransferible, es esencialmente comunitaria. Siendo la fe adhesión al misterio inagotable de Dios, nadie es capaz de vivirla plenamente; tiene que contrastarse siempre con otras maneras de acoger y vivir el Dios que se autocomunica por medio de Cristo en el Espíritu Santo.

La Iglesia es creada por el Espíritu de Cristo, que despierta la fe, mueve a la conversión, actúa en la iniciación. El Espíritu Santo es el Espíritu de unidad y diversidad. En el bautismo-confirmación él  eleva los iniciados a la dignidad de hijos e hijas de Dios. Les da una dignidad que hace que todos los miembros de la Iglesia sean iguales. Pero, como  Espíritu de  vida “en la variedad de los dones celestiales y la diversidad de los miembros,” hace “crecer con admirable unidad” del Cuerpo de Cristo (plegaria de ordenación diaconal de la liturgia romana). Como los miembros del cuerpo no son iguales, también  cada miembro de la Iglesia tiene su carisma para ser vivido en armonía con otros carismas, pues todos provienen del Espíritu que nos fue dado en el (gran)  bautismo.

3.2 El bautismo-confirmación hace la Iglesia (TABORDA, 2013, p.292-316)

Al dar a todos los cristianos igual dignidad, el (gran) bautismo crea la Iglesia como una comunidad de iguales. Gal 3,26-28 profesa que la Iglesia por el bautismo, es una comunidad donde todas las diferencias sociales, culturales, religiosas, nacionales, raciales y de género son superadas o al menos deberían serlo, porque todos fueron revestidos de Cristo. Lo que cuenta, desde el bautismo, no son los roles sociales, culturales y religiosos, sino el discipulado y el poder dado por el Espíritu. Dando igualdad a judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres, la Iglesia vive en tensión constante, creada por el bautismo, entre la igualdad en Cristo y las desigualdades creadas por la sociedad.

La igualdad  bautismal se basa en la dignidad de sacerdotes, profetas y reyes, común a todos los bautizados. Esta triple función se resume en dar testimonio de la fe. Como sacerdote, el cristiano proclama las maravillas de Dios en Cristo Jesús (cf. 1 Pe 2,9), adora a Dios con su vida,  rechazando los ídolos históricos de la riqueza, el poder, el placer y el saber, descubre la imagen de Dios ultrajada en el rostro del pobre. Como rey, concreta el reino en la busca de la justicia y el derecho, combatiendo contra los ídolos que, para vivir, exigen  la muerte de los pobres, luchando para implantar la igualdad bautismal, más allá de todas las diferencias de raza, condición social y de género que, en las condiciones concretas de la historia, sólo se hace privilegiando a quien es descartado. Como profeta, desenmascara la falta de fe como egoísmo y  negación del otro, especialmente del pobre, se muestra libre para  Dios y para el prójimo, denuncia toda desfiguración de la  imagen de Dios en el ser humano, que resulta de la explotación de unos por los otros.

Aunque la Iglesia sea una por el bautismo, existe en varias denominaciones, debido a los pecados de los cristianos. Desde este punto de vista, sirve lo que declaró el Documento de Lima (1982): “Nuestro único bautismo en Cristo constituye un llamamiento a las Iglesias para que superen sus divisiones y manifiesten ostensiblemente su comunión”,  pues el bautismo “nos une a Cristo en la  fe” y “es así un vínculo fundamental de unidad” (CONSEJO MUNDIAL DE IGLESIAS, 1982, n.6).

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