Eclesiología

Índice

1 Dificultades actuales de la Iglesia

2 Principios sociológicos y teológicos para comprender la Iglesia

3 Fundamentos bíblicos de la Iglesia

4 Los tres milenios eclesiológicos

4.1 Primer milenio: Iglesia, misterio de comunión

4.2 Segundo milenio: Iglesia de Cristiandad

4.3 Tercer milenio: Iglesia que vuelve a sus orígenes y se abre a los signos de los tiempos

5 Líneas de fuerza de la eclesiología

6 Retos para la Iglesia de futuro

 7 Referencias bibliográficas

Antes de comenzar a reflexionar sobre la matriz eclesiológica quisiéramos afirmar, para ser honestos, que nuestro horizonte eclesiológico es abierto, aunque presenta la eclesiología desde la perspectiva católica, la cual podrá ser enriquecida ecuménicamente por otros abordajes eclesiologicos protestantes, anglicanos y ortodoxos.

 1 Dificultades actuales de la la Iglesia

 Al entusiasmo eclesial del siglo XIX (Vaticano I) y de comienzos del XX que culminó en el concilio eclesiológico del Vaticano II, ha sucedido un tiempo de crisis eclesial, expresado en formulaciones tales como “Cristo sí, Iglesia no”, “creencia sin pertenencia eclesial”, “espiritualidad sí, pero institución no”, “cristianos del atrio”, “invierno eclesial”, “todas las religiones son iguales” etc…

 Los motivos son numerosos y variados: escándalos sexuales de ministros de la Iglesia y escándalos económicos de las finanzas vaticanas, poco respeto a los derechos humanos dentro de la Iglesia, estrechez de miras del magisterio moral, patriarcalismo, autoritarismo y centralismo jerárquico, alianza de la Iglesia con los poderosos, etc. En todos estos casos se identifica a la Iglesia con la jerarquía (Papa, curia vaticana, obispos, presbíteros), aunque no está conformada solo por la jerarquía, ni es el Reino de Dios, ni puede sustituir a Jesucristo que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Tampoco la Iglesia tiene la exclusividad del Espíritu, ya éste también actúa fuera de la Iglesia en las culturas y religiones. ¿Qué es, pues, la Iglesia?

 2 Principios sociológicos y teológicos para comprender la Iglesia

Desde el punto de vista sociológico cualquier iniciativa personal, tanto de orden político como cultural y religioso, no puede perdurar si no se institucionaliza, necesitando para ello toda institución un centro de unidad y gobierno. El movimiento emprendido por Jesús de Nazaret hubiera desaparecido sin una institucionalización comunitaria, eclesial.

Pero teológicamente hay que ir más allá: Dios es un misterio de comunión, es una comunidad Trinitaria y su proyecto de salvación (el Reino de Dios) es comunitario en su contenido (filiación divina y fraternidad humana) y encarnatorio (se realiza en Cristo). De esta manera, el designio divino se realiza en la historia suscitado por la acción del Espíritu comunidades: el Israel del Antiguo o Primer Testamento, la comunidad de Jesús y sus discípulos, la Iglesia comunidad visible y encarnada en la historia de la humanidad. Su centro es el mandamiento del amor, el amor trinitario que se abre y comunica a la humanidad.

La Iglesia no es una ideología, sino un hecho histórico. Por ello, no se puede comprender la Iglesia sin recurrir a la historia de la Iglesia. Pero, además, la Iglesia no es simplemente un problema sino un misterio al que solo podemos acceder desde la fe. Y por ser un misterio ligado al misterio Trinitario (LG I), la Iglesia nunca puede ser plenamente aprehendida ni definida. Así coexisten, tanto en la Escritura como en la Tradición teológica, diversas reflexiones sobre la Iglesia (o eclesiologías) que no son excluyentes ni contradictorias, sino que se complementan y enriquecen mutuamente. Por esta misma razón, intentaremos acercanos metodológicamente a la Iglesia desde sus diversos momentos históricos, desde las diversas eclesiologías que han ido apareciend. No solo desde las eclesiologías oficiales, sino también desde las eclesiologías que han surgido desde la base de Pueblo de Dios y más concretamente desde América Latina.

3 Fundamentos bíblicos de la Iglesia

 Sin entrar aquí en el problema de la relación de la Iglesia de Jesús con otras religiones (cf matriz diálogo inter-religioso), podemos afirmar que la Iglesia cristiana tiene una larga prehistoria en el Primer Testamento: del plan comunitario de salvación de Dios que se recoge simbólicamente en los 11 primeros capítulos del Génesis (comunidad interhumana, cósmica y religiosa) y que parece fracasar después de Babel (Gn 11), Dios elige a Abrahán para que sea cabeza de un pueblo que le sirva con fidelidad y practique la justicia, de modo que sea luz para todas las naciones (Gn 12, 1-3;18,18). Este pueblo, liberado por Dios a través de Moisés de la esclavitud de Egipto (Ex 14), será el Pueblo de Dios con el cual Yahvé establecerá una estrecha alianza (Ex 20). Pero el Pueblo de Dios que pasó de la época de la confederación tribal a la monarquía, rompió muchas veces esta alianza, sobre todo en el tiempo de la monarquía y, apesar de la voz crítica de los profetas, acabó en el exilio (Sal 137). Yahvé lo salva de nuevo y del exilio surge un resto de Israel fiel a Dios, los pobres de Yahvé (anawim), del cual brotarán Juan Bautista, María y Jesús. En el Antiguo Testamento ya se prefigura y prepara la Iglesia del futuro (LG 2).

 Jesús pertenece al pueblo de Israel y con su vida, muerte y resurrección abre un horizonte nuevo; forma una comunidad de discípulos (Mc 3, 13-19 y paralelos) para renovar Israel: los doce representan las doce tribus de Israel; luego de Pascua y Pentecostés estos discípulos constituirán la base de la comunidad cristiana, es decir de la Iglesia (cf matriz de cristología)

 El Nuevo Testamento presupone la existencia de comunidades cristianas y recoge las reflexiones y exhortaciones pastorales de los primeros testigos de Jesús en torno a las diversas comunidades cristianas; el Nuevo Testamento se origina en la tradición viva de la Iglesia que antecedió a los escritos. El Espíritu ilumina e inspira a los escritores en función de la formación de la Iglesia. En el Nuevo Testamento no hay una eclesiología sistemática, sino una pluralidad de vivencias pastorales y de reflexiones eclesiológicas.

 Para Pablo, la Iglesia es Pueblo de Dios (Rm 11), Cuerpo de Cristo (1 Cor 12,13) y Templo del Espíritu (1 Cor 3, 16). Las Cartas pastorales, escritas en un momento posterior, presentan a la Iglesia como Casa de Dios (1 Tm 3.5.15), la cual debe mantener la fidelidad doctrinal y la estructura ministerial de gobierno. Las Cartas de la cautividad ven a la Iglesia como Cabeza de Cristo (Col 1, 18) y Esposa del Señor (Ef 5, 21-23). Lucas -en su evangelio- y sobre todo en los Hechos de los apóstoles, nos presenta el tiempo de la Iglesia (Hch 1,8) que prosigue y lleva adelante el tiempo de Jesús, bajo la fuerza del Espíritu. Para Mateo la Iglesia es el verdadero Israel (Mt 21, 33-46), dentro del cual Pedro es la roca y posee las llaves del Reino (Mt 16, 19). La tradición joannea refleja una dimensión más personal de la fe como adhesión a Cristo, pero no faltan imágenes con resonancia eclesial como el buen pastor (Jn 10), la alegoría de la vid (Jn 15) y la parábola eclesial de la pesca milagrosa que culmina con el encargo a Pedro de apacentar las ovejas (Jn 21). La 1ª Carta de Pedro se dirige a una comunidad cristiana en situación de diáspora y la anima recordándole que es Pueblo de Dios, linaje escogido y sacerdocio santo (1 Pe, 2,9-10). La Carta de Santiago recalca la prioridad de los pobres en la Iglesia (Sant 2, 1-7). Hebreos presenta a Jesús como el sacerdote fiel y compasivo que nos ha abierto la entrada al santuario del cielo (Hb 9). Apocalipsis quiere consolar y animar a una Iglesia en situación de persecución por el Imperio romano y ofrece imágenes femeninas de la Iglesia: la mujer que vence al dragón (Apoc 12), la Esposa del Cordero (Apoc 19), la Nueva Jerusalén (Apoc 21).

 A través de estos diversos escritos aparecen los rasgos esenciales de la Iglesia del Nuevo Testamento: una comunidad que vive una radical igualdad y fraternidad entre todos sus miembros, con pluralidad de carismas y ministerios, uno de los cuales es el de gobierno que vela por la unidad de fe y la comunión. Es una comunidad centrada en Cristo y en el Espíritu, una comunidad encarnada en la historia que camina hacia el Reino de Dios siguiendo el estilo pobre y sencillo de Jesús de Nazaret, una comunidad en la que los pobres ocupan un lugar privilegiado, una comunidad que anuncia la buena nueva del evangelio de Jesús, celebra la fracción del pan y sirve a todo el mundo.

 4 Los tres milenios eclesiológicos

 No basta conocer la eclesiología bíblica, ni la Iglesia que Jesús quería, sino que hemos de conocer cómo la Iglesia se ha ido desarrollando en la historia a través de los siglos. Podemos distinguir tres milenios eclesiales y eclesiológicos.

 4.1 Primer milenio: Iglesia misterio de comunión

 Es el paso de la Iglesia apostólica a la Iglesia post-apostólica, cuando la experiencia de Jesús se plasma en el Nuevo Testamento, la comunidad se organiza y se estructura internamente (obispos, presbíteros, diáconos). Se abre a todos los pueblos y culturas, reacciona y se defiende frente a las herejías trinitarias y cristológicas, padece persecuciones y martirio. La misma que, sobre todo después de la paz constantiniana, está dotada de grandes santos que a la vez son pensadores y escritores, los llamados Padres de la Iglesia. Esta Iglesia posee un impulso que durará hasta el año mil.

 Es una Iglesia que se concibe como misterio de comunión, comunión Trinitaria, comunión eucarística, comunión fraterna y pastoral, comunión solidaria con los pobres. La reflexión teológica, la eclesiología, es más vital, pastoral, bíblica y litúrgica que sistemática. La Iglesia se introduce en el credo en el tercer artículo sobre la fe en el Espíritu, para expresar que la Iglesia existe bajo la fuerza del Espíritu que la santifica, unifica, la mantiene fiel a la tradición apostólica y abierta a la universalidad católica: por esto se proclama una, santa, católica y apostólica.

Se desarrollan pastoralmente algunas imágenes de la Iglesia como la luna que brilla, no con luz propia, sino por la luz del sol que es Jesús; la barca de Pedro que atraviesa el mar del mundo guiada por el piloto que es Cristo y por la fuerza del Espíritu; la Iglesia que es santa y pecadora, casta prostituta, nunca abandonada por el Espíritu. Es una Iglesia que vive fuertemente la dimensión local, pero que reconoce la primacía en la caridad de la Iglesia de Roma, una sede santificada por el martirio de Pedro y Pablo. Es una Iglesia participativa y activa que intenta resolver las tensiones internas con espíritu de diálogo y que hace de la eucaristía el lugar de comunión eclesial: la Iglesia hace la eucaristía, la eucaristía hace la Iglesia.

 4.2 Segundo milenio: Iglesia de Cristiandad.

 Aunque la Cristiandad hunde sus raíces en tiempo de Constantino y Teodosio (s. IV), no se consolida definitivamente hasta el siglo XI con la reforma de Gregorio VII quien, para defender la libertad de la Iglesia frente a los señores feudales, centraliza la Iglesia y refuerza la autoridad papal, en desmedro de las Iglesias locales y de la participación comunitaria. Es una Iglesia fuertemente clerical, juridicista y triunfalista. La eclesiología sistemática nace en el siglo XIV como defensa del poder papal (el sol) frente al emperador (la luna).

 En esta Iglesia comienza la división entre clero y laicos, la ruptura entre la Iglesia occidental latina y la Iglesia oriental, entre la Iglesia romana y las Iglesias de la Reforma, entre la Iglesia y la sociedad moderna ilustrada. Esta tendencia autoritaria y cerrada al mundo secular aumenta después de la revolución francesa (s. XVIII), se consolida en el concilio Vaticano I (s. XIX) y llegará a su cumbre con el pontificado de Pío XII. Es ciertamente la Iglesia de las catedrales y de las sumas teológicas, una Iglesia con grandes santos y santas, místicos y místicas, pero es también la Iglesia de las cruzadas, de la inquisición, y de las guerras de religión entre cristianos.

 En este segundo milenio no faltan movimientos proféticos que piden una vuelta a los orígenes evangélicos: el monacato, los movimientos laicales de los siglos XI al XIII, los mendicantes, la Reforma, los obispos y misioneros del siglo XVII defensores de los indígenas en América Latina, la minoría teológica del Vaticano I que postulaba una Iglesia más comunitaria, pneumatológica y trinitaria. A mitad del siglo XX surgen en el contexto occidental europeo una serie de movimientos teológicos y pastorales (movimiento bíblico, litúrgico, patrístico, ecuménico, social…) que se cristalizará en el Vaticano II convocado por Juan XXIII; el Vaticano II representa un cambio de modelo eclesial, es el fin de la Cristiandad, el paso a la Iglesia del Tercer milenio.

 4.3. Tercer milenio: Iglesia que vuelve a sus orígenes y se abre a los signos de los tiempos

 El concilio Vaticano II (1962-1965) es un verdadero Pentecostés eclesial que recupera la dimensión comunitaria de la Iglesia de comunión y dialoga con la sociedad moderna. De Iglesia clerical pasa a ser Iglesia Pueblo de Dios (LG II); de Iglesia juridicista pasa a ser Iglesia misterio y sacramento de unidad entre Dios y la humanidad (LG I, 1, 9, 48); de Iglesia triunfalista pasa a ser una Iglesia que peregrina hacia la escatología (LG VII). La eclesiología del concilio es una eclesiología de comunión. Una serie de reformas conciliares configura un tiempo de primavera eclesial que no duró mucho, pues los movimientos reaccionarios e integristas que querían volver a la Iglesia de Cristiandad (como Lefèbvre) junto a la exageración de algunos grupos extremistas, provocaron fuertes tensiones eclesiales y, desde Roma, comienza un repliegue y freno del Vaticano II por miedo a las rupturas internas y, sobre todo, por temor a que la Iglesia perdiese su identidad cristiana. Se inicia así un largo invierno eclesial, una hermenéutica de la continuidad del Vaticano II, muy alejada del aggiornamento o puesta al día que quería Juan XXIII y que se ha mantenido vigente, sobre todo en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

 El nombramiento de Francisco ha oxigenado el ambiente eclesial y hay síntomas de una nueva primavera eclesial: se retoma el impulso del Vaticano II y se desea volver a las actitudes evangélicas de los orígenes de la Iglesia.

 No es casual que Francisco sea el primer Papa latinoamericano, ya que en América Latina hubo una recepción creativa y evangélica del Vaticano II que se plasmó en la escucha del clamor de los pobres (Medellín 1968), la opción por los pobres (Puebla1979), la inculturación en las culturas indígenas y afroamericanas (Santo Domingo 1992), el impulso hacia un discipulado misionero y a una Iglesia en estado de misión (Aparecida 2007). En los años 60-80 surgió en América Latina la imagen de Iglesia de los pobres, con obispos que fueron verdaderos Santos Padres de la Iglesia de los pobres, comunidades eclesiales de base (CEBs), laicos comprometidos en la justicia, mujeres defensoras de los derechos humanos, agentes pastorales y movimientos apostólicos, la teología de la liberación y numerosos mártires… todo lo cual recuerda los momentos de la Iglesia del Primer milenio. Estas corrientes teológicas y pastorales se han abierto en las últimas décadas a nuevos sujetos y a nuevos campos: a las mujeres, a los indígenas y afroamericanos, a los jóvenes, a las nuevas identidades sexuales, a la ecología, a la religiosidad del pueblo, a la piedad y mística popular, etc.

 La eclesiología de América Latina ha historizado la salvación (liberación) y el pecado (estructuras que matan) y ofrece una imagen de Iglesia de los pobres y diferentes, al servicio de la vida, para que el pueblo tenga vida plena y en abundancia, comenzando por lo mínimo que es el pan de cada día.

 5 Líneas de fuerza de la eclesiología

 Esta diversidad de imágenes y reflexiones eclesiales tienen el riesgo de llevarnos a una dispersión y relativismo eclesiológico, si no intentamos establecer los principios estructuradores de la Iglesia y de la eclesiología.

 Podemos afirmar claramente que los principios estructuradores de la Iglesia son trinitarios, la Iglesia es Ecclesia de Trinitate, pero esta Trinidad se manifiesta ad extra en las dos misiones trinitarias que constituyen el principio cristológico y el principio pneumatológico o del Espíritu.

 Principio cristológico: la Iglesia es la Iglesia de Jesús, preparada y prefigurada proféticamente en el Antiguo Testamento, centrada en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y Palabra encarnada, enviado por el Padre para realizar su proyecto de filiación y fraternidad universal, el Reino de Dios. La vida de Jesús de Nazaret, sus opciones, su cruz y su resurrección revelan y hacen presente el proyecto del Padre. Jesús no quería fundar una comunidad separada de Israel, pero de hecho su comunidad de apóstoles y discípulos después de la Pascua, será el núcleo de la Iglesia futura de la cual Jesús es fundamento y piedra angular. La Iglesia es el cuerpo comunitario de Jesús en la historia, hasta que llegue su segunda venida en la Parusía. Jesús es la riqueza, la belleza y la luz de la Iglesia, sin Él la Iglesia es estéril y miserable, la Iglesia no significa nada si no es testimonio y sacramento de Jesús.

 Principio pneumatológico: la Iglesia no nace en Belén o Nazaret sino en la Pascua con la efusión del Espíritu Santo que es el que preparó la venida de Jesús, lo ungió en el bautismo, lo guió en su vida y lo resucitó de entre los muertos. Ese mismo Espíritu hace nacer la Iglesia y la guía a través de la historia, la santifica, vivifica y rejuvenece continuamente con los sacramentos y con diversos carismas y dones (LG 12) para que realice el proyecto del Padre inaugurado por Jesús (LG 4). Sin Espíritu la Iglesia se reduciría a una simple organización humanitaria y social que hace propaganda del evangelio. Con Espíritu, la Iglesia es la comunión trinitaria. Su misión es un Pentecostés continuado. Pero el Espíritu actúa más allá de la Iglesia católica y de las Iglesias cristianas y hace que la salvación llegue a todos los que, por caminos misteriosos para nosotros, se pueden asociar al misterio pascual (GS 22).

 No hay una Iglesia sin Espíritu (tentación del cristomonismo o de solo Cristo) ni un Espíritu sin Jesús (espiritualismo, iluminismo, gnosticismo, new age…). El Hijo encarnado en Jesús y el Espíritu son los dos brazos del Padre que desde la creación acompañan y guían a toda la humanidad (Ireneo[1]). La Iglesia es ícono de la Trinidad.

 Esta Iglesia se manifiesta como anuncio y testimonio del evangelio (kerigma y martirio), celebración eucarística y sacramental (liturgia), servicio al mundo, sobre todo a los pobres (diaconía) y todo ello en comunidad y comunión (koinonía).

 Desde el Vaticano II la Iglesia puede ser definida como sacramento[2], es decir signo e instrumento de la unión con Dios y con la humanidad (LG 1; 9; 48), no es una simple institución jerárquica, pero tampoco un entusiasmo sin mediación sacramental. No es el Reino, sino semilla del Reino (LG 5). Es sacramento histórico de liberación (teología de la liberación), ha sido convocada por el Padre para hacer memoria y seguir el camino de Jesús hacia el Reino, por la fuerza del Espíritu. Su ícono es la figura de María, tipo y modelo de la Iglesia (LG VIII). En el fondo se retoman las imágenes paulinas y trinitarias de la Iglesia: Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu.

6  Retos de la Iglesia de cara al futuro

 Son muchos los retos actuales de la Iglesia de cara al futuro. En general, se puede decir que el desafío mayor es llevar a término lo que el Concilio Vaticano II propuso y no se ha podido realizar todavía, por ejemplo potenciar la colegialidad episcopal y las Iglesias locales, el desarrollo del laicado, respetar la legítima autonomía de la creación… Pero hay otros temas que el concilio no abordó y que deben ser gestionados hoy: reforma del Papado y de la curia, promover la ordenación de hombres casados (viri probati), revisar el papel de la mujer en la Iglesia, repensar la moral y pastoral sexual y matrimonial, dialogar con los teólogos y teólogas, asumir el desafío ecológico…

 Más aún, en el momento de cambio epocal y axial como el que vivimos, la Iglesia debe iniciar al misterio de Dios (mistagogía) y dialogar con todas la religiones para buscar conjuntamente la justicia, la paz y la integridad de la creación.

 Pero podemos afirmar que todos estos cambios estructurales, por más necesarios que sean, son insuficientes y a la larga inviables si la Iglesia como Pueblo de Dios no vuelve de nuevo al evangelio de Jesús de Nazaret y se deja guiar por el Espíritu del Señor. Los cambios en la Iglesia y en la sociedad ordinariamente vienen de abajo. El Espíritu del Señor actúa desde abajo. De una Iglesia convertida al evangelio podrá nacer una Iglesia sencilla, pobre y de los pobres, sincera, acogedora, que promueva el diálogo, la cercanía y la ternura, que sienta la alegría de conocer, vivir y anunciar el evangelio, una Iglesia que testimonie al mundo el amor y la misericordia del Padre, que suscite esperanza, una Iglesia preocupada, ante todo, por el dolor y sufrimiento humano, que denuncie la idolatría del dinero y las estructuras económicas que excluyen y matan al pueblo, una Iglesia que salga a la calle, vaya a las fronteras y a los márgenes sociales y existenciales, que respete a los que piensan diferente y no los juzgue, una Iglesia que sea casa y hogar de puertas abiertas y no quiera reconquistar el poder y prestigio perdido ni volver a una nueva Cristiandad, sino ser levadura y fermento en un mundo pluralista ¿No es ésta la imagen de Iglesia que promueve el Papa Francisco? A todos los bautizados nos corresponde ser audaces y creativos para ir configurando una Iglesia fiel a sus orígenes y que discierna los nuevos signos de los tiempos.

 Concluyamos con una definición de Iglesia de Juan Crisóstomo que puede resumir todo cuanto hemos expuesto: “Sínodo es el nombre de la Iglesia”,[3] es decir una comunidad que unida por el Espíritu del Señor camina con toda la humanidad hacia el Reino de Dios, dando testimonio del evangelio de Jesús de Nazaret.

 Víctor Codina, SJ. Universidad Católica de Bolívia, Cochabamba. Original en español.

 7 Referencia bibliográfíca

 CODINA, Víctor. Para compreender a Eclesiologia a partir da América Latina. Sâo Paulo: Paulinas, 1993

 CODINA, Víctor. Para comprender la eclesiología desde América Latina, Estella: Verbo Divino, Nueva edición actualizada, 2008

 KASPER, Walter. A Igreja católica, Sâo Leopoldo: Unisinos, 2012

 Para saber más

 BOFF, Leonardo. Eclesiogénesis, Santander: Sal Terrae, 1982

 CONGAR, Yves-Marie. Eclesiología desde San Agustín a nuestros días, Madrid: BAC, 1976

 DE ALMEIDA, Antonio José. Lumen Gentium, A transiçao necessária, Sâo Paulo: Paulus, 2005

 DE LUBAC, Henri. Meditación sobre la Iglesia, Bilbao: DDB, 1959

 KEHL, Medard. La Iglesia. Eclesiología católica, Salamanca: Sígueme, 1996

 KÜNG, Hans. La Iglesia, Barcelona: Herder, 1969

 MESTERS, Carlos. Una Iglesia que nace del pueblo, Lima: CEP, 1983

 MUÑOZ, Ronaldo. Iglesia en el pueblo, Lima: CEP, 1983

 Mysterium salutis IV/1, Madrid: Cristiandad, 1973

 PIÉ-NINOT, Salvador. Eclesiología, Salamanca: Sígueme, 2007

 QUIROZ, Álvaro. Eclesiología en la teología latinoamericana de la liberación, Salamanca: Sígueme, 1983

 RAHNER, Karl. Cambio estructural en la Iglesia, Madrid: Cristiandad, 1974

 RATZINGER, Josef. El nuevo Pueblo de Dios, Barcelona: Herder, 1972

 SOBRINO, Jon. Resurrección de la verdadera Iglesia, Santander: Sal Terrae, 1981

 

 

[1] Adv Haer IV,7,4;II, 25,1; IV 20,1.3.4; V 1,3; V 6,1;V 16,1

[2] Esta concepción de Iglesia-sacramento tiene raíces tradicionales en la eclesiología y en los años anteriores al Vaticano II fue elaborada sobre todo por K.Rahner y Semmelroth.

[3] PG 55, 493